"¿Quien hará tu trabajo debajo de mi falda?; la boca que era mía, de qué boca será. El roto de tu ombligo ya no me da la espalda, cuando pierdo contigo las ganas de ganar".
Joaquín Sabina
Vestida toda de margaritas lunares en mis brazos, mi espalda. Cierras los ojos.
Tus manos música, mi piel. Sonrío.
Se dibujan estrellitas -fugaces- en los pentagramas danzantes que pasan a formar nuestros cuerpos; tan musicales, ellos, se encuentran. Y un abrazo basta para sumergirnos de nuevo -sábanas, noche y vino, en la más profunda de las caricias-miradas-roces-sonrisas-besos. Un beso, talvez uno solo... Basta y sobra todo, siempre que tu mano se pose en mi cintura, encrespando mis pestañas.
Si no era que leía el post blog-cumpleañero de Santiago (felíz cumple blog, che!), ni me daba cuenta que éste pasado 6, mi blog cumplió otro año más! Y, comprobando con la Mar, son ya 4 las velitas que nos tocan poner en la torta; 4 los años que estamos acá... y que seguimos. A paso lento y tomándose su tiempo, sigue andando esta estrella y sus ajenjos.
Los festejos este fin de semana, sin prisa y sin pausa.
Era una carretera; un camino. Viajábamos. El asfalto pintaba para rato y las montañas mantenían ese su color entre café y gris (con el cielo de paleta); el frío que, a esas horas, calaba más que los huesos, nos obligaba a abrazarnos. Yo sonreía.
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Era de noche, casi de madrugada pero no, todavía no. El cielo estaba, en ese momento, como en el limbo, casi casi antes de la hora azul (blue blue blue, con el permiso de Bryce), y las montañas, dueñas y señoras de la noche/día, se pronunciaban por donde sea que uno mirara. Yo, flotando.
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Ya de día, el cielo sonreía azul entero... color mar (meditarráneo, que era el más azul que había conocido entonces); las nubes no existían y el infinito era casi tangible en ese horizonte que no pintaba nada más que agua (agüita, agüita). Bailábamos bajo la luna... llena.
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El amarillo pintaba el paisaje de las autopistas, alemanas, de nuestro camino a Praga. Mapa en mano, cual navegante, indicaba el camino que nos llevaría, luego, a esas calles estrechas con faroles; con ventanitas diminutas que, estampadas en paredes amarillas, blanquecinas y, a ratos, grisáceas, serían luego, el retrato de una fotografía colgada en mi pared. Yo callaba.
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Y era gris, el mar. Las olas, grises, golpeaban los enormes pilares de madera que sostenían el pequeño bar, ahí, al final. Tomábamos una cerveza, o dos, y con cada golpe nos sacudía, el mar. Temblaba toda... la mesa. Yo, también, temblaba. Nunca antes había tenido encuentro tal con el gigante.
...al final de las cosas más hermosas sólo van quedando las palabras, y hay que resignarse a utilizarlas lo mejor posible.
Julio Cortázar
Cada día que pasa comprendo menos todo. Nada. Este vacío me ahoga; me un poco sofoca. No entiendo por qué mis pies, en cada paso que dan, resbalan; por qué todas las calles que siguen a mis pasos van cuesta arriba y por qué respirar me duele.
De pronto, siento nostalgia. De las calles que me vieron pasar; del asfalto que gasta mis sandalias que me sacan ampollas de tanto caminar cuando hace calor en el pago y paso y repaso las calles, ahora nostálgicas de mis sandalias que me sacan ampollas de tanto caminar cuando llueve en el pago. "tantas idas y venidas, tanto pasar por aquí, se han de acabar tus zapatos, y no has de gozar de mí". Arriba llueve. Mi casa duele.
Canto, una y otra y otra vez, para que se acuerde de mí; para que tampoco me olviden el asfalto, las calles. Canto como si no apretara el chuñito que es ahora mi corazón. Le canto a la que (se) fue... "Yo soy la mozita entrerriana, que en la pradera y el río alegre juega con el amor".
Enormísimo vacío, me duele la vida y yo, quietita para no quebrarla. Para no quebrarme. Me repito, una y mil veces. Me repito como asegurándome, quizás, que sigo aquí. Que duelo y que respiro. Cargo en mis hombros la más infinita tristeza. Lo sienten mis pasos en su andar. Lo siente el cuerpo. Sentir... tantas cosas. Siento. Soy.
Vivir pensando comiendo cagando riendo bebiendo cogiendo bailando fumando llorando cantando... muriendo. Una pasa y la vida nos pasa mientras vivimos pensamos comemos cagamos reímos bebemos cogemos bailamos fumamos lloramos cantamos. Se repite, la vida, mientras nos pasa.
Acuosa, confusa y difusa como suelo ser, estaba al borde de la locura. No esa locura digna de elogio; mas bien rayaba el borde de una locura que agota, que estresa. Los días, uno detrás de otro y otro y, la ansiedad iba tomando posesión. Las explicaciones que la gente suele esperar de una empiezan a agotar (se). Llegas al punto en que, las únicas palabras que salen de ti son para dar explicaciones, para exclamar alguna queja del trabajo acumulado y del estrés en que éste te tiene hace un par de meses; deadlines que cumplir.
Ya no me quejo. Me he quejado, si. Pero han bastado un par de días de y para mí.
Me he rodeado de agua, me he conectado con mí elemento. Conmigo.
Me he consentido, eso. Lo necesitaba con urgencia. Una renovación alejandrística con mimos, buenos libros y un malbec en la copa.
He vuelto, Alejandra, a mí elemento. Al borde la locura también, pero de una locura que raya y sobrepasa esa línea de la felicidad. La locura de elogio.
Ya no doy más explicaciones. No me justifico. Mis acciones son mías y de nadie más. Mis decisiones, tantas veces erradas, también me pertenecen y ya no las siguen innecesarias explicaciones. Esas me las debo sólo a mí. Mientras yo sea mi única responsabilidad –y sé que suena tremendamente egoísta- las explicaciones me las debo sólo a mí. Quien quiera explicaciones, vaya a buscarlas a otro lado. Yo no me justifico más.
Eso, que he vuelto. Renovada y descansada. Feliz y con ganas de retomar asignaturas pendientes. Ahora veremos cómo nos viene la mano.